sábado, 2 de agosto de 2014

La montaña






Alguien le dijo alguna vez que cuando se sintiera pequeña lo único que debía de hacer para poder cambiar ese pensamiento era subir a una montaña, azotea o torre. Cualquier parte valía siempre y cuando estuviera en lo más alto y desde allí pudiera sentir la agradable sensación de tener el mundo a sus pies, porque sólo así podía comprobar lo pequeñas que pueden resultar las casas, calles, coches e incluso las demás personas, y que sólo depende del punto de vista con el que se mire las cosas para comprobar cuánto de grande podía verse ella, solo bastaba creérselo.

Ahí era donde fallaba. Su vida parecía haber estado escrita por el guionista de "Retorno al pasado", siempre intentando avanzar pero con un pie que se le quedaba atrás, vivía rebobinando y volviendo a darle al play, como si no le hubieran concedido el poder de cambiar la canción, y ella intentaba de vez en cuando poner un poco de pausa a todo ese caos, pero sabía que el tiempo era lo único que no iba a poder ni parar ni recuperar.

Luchaba para que no le volviera a tocar el papel de protagonista en la especie de sátira dramática en que se habían convertido sus días, luchaba además contra lo que su cabeza decía en algunas ocasiones, demasiadas para su gusto, y le hacían distorsionar la realidad y el orden de las cosas.

Si se viera con mis ojos entonces entendería, podría llegar a comprender que la curva más bonita que tiene es su sonrisa, que la luz que ilumina mi vida es la que desprenden sus ojos y que no hay vestido que le quede mejor que su personalidad, es realmente bonita cuando es auténtica. Entendería así, que mucha gente puede sentirse afortunada por poder contar con su presencia en sus vidas ya que tiene ángel, no sé cómo explicarlo, ella ve lo bueno en los demás cuando nadie más puede hacerlo, creedme, de veras que lo ve, y eso es realmente fantástico.

Por eso me gustaría decirla que a veces es bueno poner tierra de por medio y volver a empezar, lejos, porque quizá la única respuesta al hecho de poder encontrarse sea tener que perderse primero. Y que si falla, no pasa nada, puede volver a intentarlo todas las veces que quiera y de las distintas formas que se le ocurran. Se me olvidaba mencionarle que ella tiene mucha imaginación, es capaz de darte argumentos necesarios para hacerte creer que cualquier cosa puede ser posible, aunque no suela aplicárselo.

Por último aconsejarle que suba todas las veces que haga falta a todas las montañas, azoteas o torres del mundo para que nunca más vuelva a sentirse pequeña, y sobretodo que olvide de una vez todo lo que un día le dijeron que era para poder recordar quién realmente es.

Julieta

martes, 3 de junio de 2014

Oscuridad

Vivía en la más absoluta oscuridad. A tientas entre lo que soñó y lo que ya no recuerda, aferrada a algo o alguien que estaba destinado a no estar, a no ser. Ella sabía que esa vida no era buena, eso de parecerse a una sombra no pegaba con su carácter y mucho menos con las ilusiones que una vez depositó en algo que resulto ser tan efímero que no podía aguantarse con pinzas, ni siquiera reforzando esa base que construyó a tientas.

No calculó bien, falló y se sintió morir. Aún por las noches recuerda cómo eran esos días en que su sonrisa aún se atrevía a aparecer entre las comisuras de sus labios, medio tímida, medio insegura, pero allí estaba, un día más. ¿Cómo es posible que alguien no tenga ganas de querer sonreír? Pensaba. ¿Cómo es posible que alguien tenga motivos para querer sonreír? Piensa.

Y así continuó, entre síes y noes que se contradecían constantemente y la abocaban al no saber. Entre verdades e incertidumbres que hacían que su razón enloqueciera y perdiera el sentido de eso que llaman vida. Incluso llegó a pensar que debería de haber firmado un pacto con el mismo diablo, que había vendido su alma al mejor impostor que resultó ser un truhán de los que se refugian detrás de un sombrero y una buena gabardina. Sí, le hicieron creer que sería posible, que la casa de su vida podría tener vistas al mar y ventanales grandes para poder admirar lo que la naturaleza le ofrecía. La verdad resulto ser un contrato indefinido firmado por el desamor, el muy caradura añadió algunas clausulas en las cuales resaltaba la inseguridad, la desconfianza y el rencor.

Después de todo, no le fue difícil perder. Y hoy recuerda todas las palabras del ayer, también recuerda cuánto de insoportable puede ser la ausencia de alguien que sabes que no puede volver. Y vuelve a perder el norte en el sur de sus divagaciones, tendrá que volver a perderse para poder encontrarse o para encontrar a alguien que esté dispuesto a guiarla en un mar a contracorriente o en una carretera sinuosa, alguien que se atreva a pagar un seguro a todo riesgo incluido, pues ella ya sabe mucho de daños a terceros.

Dicen que podemos ver el vaso medio lleno o medio vacío o que no se llena si uno mismo no vuelve a querer, pero ¿que pasa cuando alguien ha gastado toda el agua disponible en esas lágrimas saladas y amargas que reflejaban el dolor de su corazón y en las cuales naufragaban las palabras que no se atrevió a decir?




Julieta

viernes, 25 de abril de 2014

A veces



A veces quería romperse del todo. Quería correr hasta quedarse sin kilómetros bajo los pies. Desgarrarse la piel a tiras, y ver qué se esconde bajo ella. Algunas noches se quedaba callada durante horas, sin nada qué decir o con quién hablar. Y se pasaba la vida en modo ausente, como si estuviese demasiado lejos todo el tiempo. Y le era imposible regresar antes de que se hiciese tarde. Y cuando llegaba ya no había nadie. Más silencio, si acaso. Y el mismo cielo nocturno, sumido en la misma reflexión de siempre. Le es más fácil vivir así, entre las sombras. Acurrucada sobre sí misma, como una flor que muere. Con todas las ganas aún envueltas en perfecto papel de regalo, que no abrirá nunca. Y se consumirá en algún momento, como cuando se apaga una estrella en la noche sin que nadie se de cuenta. Sin llamar la atención, sin que suene el teléfono de madrugada. Sin que venga alguien y le recuerde que acostumbrarse es otra forma de morir.


Julieta

viernes, 11 de abril de 2014

Se fué

Me quedé muda, inerte, no me salían ni las lágrimas y esos síntomas auguraban un mal presagio. Sí, lo sabía, no era algo que se veía venir, es algo que vino directamente. Sin preguntar, sin importar el cómo, el cuando, y lo peor de todo sin un porqué.

Y me veía ahí, en medio de una sala, en medio literalmente porque aunque mi cuerpo estuviera presente, mi corazón ya no. Pues eso que yo estaba ahí, y sentí morir. Morir también literalmente porque ella se fue, bueno y yo también me fui con ella. Y se acabó.

Se acabaron las tardes en el sofá coloreando, ella decía que yo coloreaba no sólo los dibujos, sino su vida. Cómo explicarle que ahora entiendo, que sin ella todo es gris, no mejor, es negro. Porque con el gris aún se puede hacer algo, con lo que siento ya no.

Se acabaron sus historias, las que se inventaba y las que me hacían soñar. Pues bien, ya no sueño, mira que le pongo ganas pero al final del día, me falta empeño. Ahora mi cabeza se llena con insomnios, sí es eso, ya no sueño quizá porque directamente no duermo.

Se acabaron las visitas. Ya no hay nadie a quien visitar, no hay nadie esperando tu llegada, nadie al otro lado del teléfono para no acabar contándote nada, pero que al fin y al cabo lo significa todo. Sabes lo peor? Lo peor es que se acabó su cara, esa cara de niña que ponía cada vez que nos veía entrar por la puerta, se acabó su risa, esa risa que llenaba cualquier rincón de la sala y cualquier hueco de mi corazón. Se acabaron sus canciones, aquellas que al final pasabas toda la semana tarareando de lo pegadizas que eran.

Y por eso ya no veo, ya no río y ya no canto. Oh esto último es sumamente importante, nunca he sido yo sin música, así que podréis imaginar que ahora ya no soy yo. 

Y te sientes morir, y duele, ya lo creo que duele. Es el dolor más intenso e insoportable que un humano debe aguantar en la vida. Porque es así, tienes que soportarlo, intentar seguir, ya no por ti sino por ella y por los que están a tu alrededor. Y te dicen bueno, estas cosas pasan, tienes que continuar con tu vida. Ay si supieran que después de esto ya no hay vida...

Duele, y es peor que todos los dolores del mundo juntos, porque es algo irremediable. No es algo que se pueda solucionar con una charla, un perdón, un ramo de flores o una cena. No se arregla dejando un tiempo o distanciándote, no se arregla llamando al día siguiente o presentándote en el portal por sorpresa. No es algo que se solucione a base de caricias, risas o confidencias. Esto no tiene arreglo, y saber eso, saber eso es la peor sensación del mundo.

Le supliqué que no me dejara, me aferré fuerte a su mano para ver si de ese modo ella podía aferrarse un poco más a la vida. Y lloré, abrazada a ella, y a solas. Lloré como jamás había llorado en mi vida, como jamás creí que se podía llorar. Sentí rabia, impotencia, sentí miedo y soledad porque al final no me hizo caso.

Y ahora... bien pues ahora yo ya no siento nada.

Julieta

lunes, 31 de marzo de 2014

Lo que duele no es el dolor

Risto Mejide

Lo que duele no es el dolor. El dolor es sólo una consecuencia. El efecto secundario de algo que nos hizo sufrir y que todavía hoy sigue haciéndolo. Me gustaría que eso que tanto duele fuese lo que me aplasta el pecho y me araña las vísceras y el corazón. Eso que se puede paliar poco a poco, con consejos, amigos, medicamentos, horas, sobremesas y tazas de café. Pero algo me dice que no. Que lo que duele no es el dolor. 

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es la ausencia. El hueco que deja alguien que ya no está. Echar de menos con contrato indefinido. Y saber que quería llevársela y se la ha llevado, que ya está, que le han ganado la vida esas malditas seis letras que no pienso volver a juntar en mi boca nunca más.
Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es conocer un vivo menos. Borrar su número de móvil. Tener que frenarme cuando la iba a llamar y recordarme a mi misma que ya no puedo, que un día pude, que lo hice menos de lo que debía y que ya nadie podrá.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es recoger los pedazos de quien se queda. No saber consolar a quien más quieres en este mundo. Tratar de estirarle los labios. Con una broma, un chascarrillo, una tontería. Y fracasar. 
Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es la distancia. Este saberse lejos de ti, este llevarte conmigo, ese llevarme contigo y aún así, ser incapaces de llevarnos más. Haber caído con nuestro mayor triunfo. Haber sucumbido ante nuestro mayor logro. Lo mejor que habremos hecho en nuestra vida. Algún día él nos lo explicará.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es no saber volverlo a intentar. Matar el nervio y dejar que se desangre la encía. Hablarlo tantas veces y acabarlas todas en ese silencio de punto final. Darnos por imposible. Constatar nuestra propia incompetencia. Seguir doliéndonos. Seguir mal. 
Lo que duele no es el dolor. Es todo lo que dejamos atrás. El remolque desbocado de los recuerdos que nos perseguía al mismo ritmo y velocidad. Ahora sólo sabemos que le ha fallado el enganche, los frenos y no tenemos ni idea de en qué momento nos va a atropellar. Ni con qué.

Lo que duele no es ni siquiera llorar. Lo que duele es tener tantas razones para tener que hacerlo. Es esta maldita sequía de lágrimas. Es el miedo a quedarse solo y en pareja. Y esta cochina culpabilidad.
Lo que duele no es que la gente opine. Es que lo haga como quien habla del tiempo, alegremente y buscando de todo, menos ayudar. Que nos den consejos que no hemos pedido. Que inventen razones. Qué sabrán ellos. Qué sabrán. 

Lo que duele no es el dolor
Porque el dolor es esto que me viene aquí y ahora.
Lo que más duele es todo lo que vendrá

Julieta

viernes, 28 de marzo de 2014

Te la llevas

Risto Mejide

Vale, muy bien y ahora qué. Nos das la noticia, nos marcas un plazo, nos amputas cualquier esperanza y aún tendremos que darte las gracias por dejarnos algo de tiempo para despedirnos de ella. Nos dejas el tiempo justo para embalsamar tantos recuerdos que no sabemos ni por dónde empezar. El tiempo justo para no poder ni llorar.

Que sepas que no vas a llevártela tan fácilmente. Que sepas que ella piensa plantarte cara hasta el final. Aunque sea lo último que haga. Piensa aferrarse a lo que le queda de sí. Y piensa apurar toda estadística por ínfima que sea, como se apura el último sorbo en pleno desierto, como se estiran los últimos minutos antes de que vuelva a sonar el despertador.

Pero sobre todo, que sepas que no está sola. Ni ahora ni nunca. Ni antes ni después. Su dolor es el nuestro. Su lucha no se libra sólo en su organismo, sino en el ánimo de todos y cada uno de los que la queremos, la querremos y la quisimos alguna vez.

Has decidido que te la llevas y puede que al final hasta te la acabes llevando. Puede que ganes, pero jamás vas a triunfar. Porque hay cosas que nunca podrás llevarte. Nunca te llevarás su risa. Porque su risa puede contigo. Aunque al final te la lleves a ella, su risa se quedará. Tampoco puedes con su cariño. El que recibe y el que nos ha dado. Cuanto más se apaga ella, más se ilumina el hueco que deja a su alrededor. Y por supuesto, no podrás con su recuerdo. Es demasiado grande para ti. Y para cien más como tú.

Julieta


miércoles, 19 de marzo de 2014

Lo poco que sé de la vida

Risto Mejide

Lo poco que sé de la vida está en los libros que nunca leo. Lo poco que sé de la vida está en las líneas que no escribí. Lo poco que sé de la vida se cuenta tomando un café, se entiende tomando una copa y se olvida tomando dos.

Que nadie se me emocione ni albergue falsas esperanzas, porque con lo poco que sé de la vida, a duras penas se llena un corazón, por pequeño que sea.

Empiezo por lo que sé con toda seguridad. Sé que, con suerte, te vas a morir una vez. Así que procura no morirte más veces por el camino. No hay nada peor que esa gente que se va muriendo antes de morirse del todo. Para evitarlo, te regalo un método infalible: mientras tú vayas decidiendo, todo está bien. El día que dejes de decidir, ese día, cuidado, porque la habrás palmado un poco.

Ten siempre más proyectos que recuerdos, es la única forma que conozco de mantenerse joven. Olvídate de la patraña esa de ser feliz, ya te puedes dar con un canto en los dientes si llegas a ser el único dueño de tus propias expectativas.

Que un euro se ahorra, y un polvo se pierde. Para siempre. Que hay que dedicarse a algo de lo que jamás te quieras jubilar. Por mucho que te cueste pagar las facturas. Por mucho que en las reuniones de antiguos alumnos te miren mal. Es mejor dedicarse toda una vida a algo que te divierte pese a no llegar a fin de mes, que pasarte un solo día trabajando únicamente por dinero.

Entre lo poco que sé de la vida, también te diré que nada de todo esto vale la pena sin alguien que te haga ser incoherente. Ni flores, ni velas, ni luz de la luna. Ése es el verdadero romanticismo. Alguien que llegue, te empuje a hacer cosas de las que jamás te creíste capaz y que arrase de un plumazo con tus principios, tus valores, tus yo nunca, tus yo qué va.

Ojalá ames mucho y muy bueno, incluso a riesgo de ser correspondido. Que te despojen de todo, que hagan jirones de tus ganas y que te veas obligado a remendarlas con el hilo de cualquier otra ilusión. Que desees y seas deseado, que se frustren todas tus esperanzas y que acabes descubriendo que la única forma de recobrar el primer amor, que es el propio, es en brazos ajenos. Dos emociones inútiles asociadas al pasado, arrepentimiento y culpa, y una emoción inútil asociada al futuro, la preocupación. Cuanto antes te desprendas de las tres, antes empezarás a apreciar lo único que tienes.

Qué más. Ah sí. Sé que al menos un amigo te va a traicionar, otro será traicionado por ti, y que te pongas como te pongas, los que no hayas hecho antes de los 30, ya jamás pasarán de buenos conocidos. Cuenta sólo con los tres principales, porque a partir de ahí, todo es mentira.

Para terminar, y hablando del tema, déjame que te presente a tu mejor enemigo. Se llama miedo. Quédate con su cara, porque va a estar jodiéndote de ahora en adelante. Miedo al fracaso. Miedo al qué dirán. Miedo a perder lo que tienes. Miedo a conseguirlo. Miedo a saber poco de la vida. Miedo a tener la razón.

Julieta