A veces quería romperse del todo. Quería correr hasta quedarse sin kilómetros bajo los pies. Desgarrarse la piel a tiras, y ver qué se esconde bajo ella. Algunas noches se quedaba callada durante horas, sin nada qué decir o con quién hablar. Y se pasaba la vida en modo ausente, como si estuviese demasiado lejos todo el tiempo. Y le era imposible regresar antes de que se hiciese tarde. Y cuando llegaba ya no había nadie. Más silencio, si acaso. Y el mismo cielo nocturno, sumido en la misma reflexión de siempre. Le es más fácil vivir así, entre las sombras. Acurrucada sobre sí misma, como una flor que muere. Con todas las ganas aún envueltas en perfecto papel de regalo, que no abrirá nunca. Y se consumirá en algún momento, como cuando se apaga una estrella en la noche sin que nadie se de cuenta. Sin llamar la atención, sin que suene el teléfono de madrugada. Sin que venga alguien y le recuerde que acostumbrarse es otra forma de morir.
Julieta
