viernes, 25 de abril de 2014

A veces



A veces quería romperse del todo. Quería correr hasta quedarse sin kilómetros bajo los pies. Desgarrarse la piel a tiras, y ver qué se esconde bajo ella. Algunas noches se quedaba callada durante horas, sin nada qué decir o con quién hablar. Y se pasaba la vida en modo ausente, como si estuviese demasiado lejos todo el tiempo. Y le era imposible regresar antes de que se hiciese tarde. Y cuando llegaba ya no había nadie. Más silencio, si acaso. Y el mismo cielo nocturno, sumido en la misma reflexión de siempre. Le es más fácil vivir así, entre las sombras. Acurrucada sobre sí misma, como una flor que muere. Con todas las ganas aún envueltas en perfecto papel de regalo, que no abrirá nunca. Y se consumirá en algún momento, como cuando se apaga una estrella en la noche sin que nadie se de cuenta. Sin llamar la atención, sin que suene el teléfono de madrugada. Sin que venga alguien y le recuerde que acostumbrarse es otra forma de morir.


Julieta

viernes, 11 de abril de 2014

Se fué

Me quedé muda, inerte, no me salían ni las lágrimas y esos síntomas auguraban un mal presagio. Sí, lo sabía, no era algo que se veía venir, es algo que vino directamente. Sin preguntar, sin importar el cómo, el cuando, y lo peor de todo sin un porqué.

Y me veía ahí, en medio de una sala, en medio literalmente porque aunque mi cuerpo estuviera presente, mi corazón ya no. Pues eso que yo estaba ahí, y sentí morir. Morir también literalmente porque ella se fue, bueno y yo también me fui con ella. Y se acabó.

Se acabaron las tardes en el sofá coloreando, ella decía que yo coloreaba no sólo los dibujos, sino su vida. Cómo explicarle que ahora entiendo, que sin ella todo es gris, no mejor, es negro. Porque con el gris aún se puede hacer algo, con lo que siento ya no.

Se acabaron sus historias, las que se inventaba y las que me hacían soñar. Pues bien, ya no sueño, mira que le pongo ganas pero al final del día, me falta empeño. Ahora mi cabeza se llena con insomnios, sí es eso, ya no sueño quizá porque directamente no duermo.

Se acabaron las visitas. Ya no hay nadie a quien visitar, no hay nadie esperando tu llegada, nadie al otro lado del teléfono para no acabar contándote nada, pero que al fin y al cabo lo significa todo. Sabes lo peor? Lo peor es que se acabó su cara, esa cara de niña que ponía cada vez que nos veía entrar por la puerta, se acabó su risa, esa risa que llenaba cualquier rincón de la sala y cualquier hueco de mi corazón. Se acabaron sus canciones, aquellas que al final pasabas toda la semana tarareando de lo pegadizas que eran.

Y por eso ya no veo, ya no río y ya no canto. Oh esto último es sumamente importante, nunca he sido yo sin música, así que podréis imaginar que ahora ya no soy yo. 

Y te sientes morir, y duele, ya lo creo que duele. Es el dolor más intenso e insoportable que un humano debe aguantar en la vida. Porque es así, tienes que soportarlo, intentar seguir, ya no por ti sino por ella y por los que están a tu alrededor. Y te dicen bueno, estas cosas pasan, tienes que continuar con tu vida. Ay si supieran que después de esto ya no hay vida...

Duele, y es peor que todos los dolores del mundo juntos, porque es algo irremediable. No es algo que se pueda solucionar con una charla, un perdón, un ramo de flores o una cena. No se arregla dejando un tiempo o distanciándote, no se arregla llamando al día siguiente o presentándote en el portal por sorpresa. No es algo que se solucione a base de caricias, risas o confidencias. Esto no tiene arreglo, y saber eso, saber eso es la peor sensación del mundo.

Le supliqué que no me dejara, me aferré fuerte a su mano para ver si de ese modo ella podía aferrarse un poco más a la vida. Y lloré, abrazada a ella, y a solas. Lloré como jamás había llorado en mi vida, como jamás creí que se podía llorar. Sentí rabia, impotencia, sentí miedo y soledad porque al final no me hizo caso.

Y ahora... bien pues ahora yo ya no siento nada.

Julieta

lunes, 31 de marzo de 2014

Lo que duele no es el dolor

Risto Mejide

Lo que duele no es el dolor. El dolor es sólo una consecuencia. El efecto secundario de algo que nos hizo sufrir y que todavía hoy sigue haciéndolo. Me gustaría que eso que tanto duele fuese lo que me aplasta el pecho y me araña las vísceras y el corazón. Eso que se puede paliar poco a poco, con consejos, amigos, medicamentos, horas, sobremesas y tazas de café. Pero algo me dice que no. Que lo que duele no es el dolor. 

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es la ausencia. El hueco que deja alguien que ya no está. Echar de menos con contrato indefinido. Y saber que quería llevársela y se la ha llevado, que ya está, que le han ganado la vida esas malditas seis letras que no pienso volver a juntar en mi boca nunca más.
Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es conocer un vivo menos. Borrar su número de móvil. Tener que frenarme cuando la iba a llamar y recordarme a mi misma que ya no puedo, que un día pude, que lo hice menos de lo que debía y que ya nadie podrá.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es recoger los pedazos de quien se queda. No saber consolar a quien más quieres en este mundo. Tratar de estirarle los labios. Con una broma, un chascarrillo, una tontería. Y fracasar. 
Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es la distancia. Este saberse lejos de ti, este llevarte conmigo, ese llevarme contigo y aún así, ser incapaces de llevarnos más. Haber caído con nuestro mayor triunfo. Haber sucumbido ante nuestro mayor logro. Lo mejor que habremos hecho en nuestra vida. Algún día él nos lo explicará.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es no saber volverlo a intentar. Matar el nervio y dejar que se desangre la encía. Hablarlo tantas veces y acabarlas todas en ese silencio de punto final. Darnos por imposible. Constatar nuestra propia incompetencia. Seguir doliéndonos. Seguir mal. 
Lo que duele no es el dolor. Es todo lo que dejamos atrás. El remolque desbocado de los recuerdos que nos perseguía al mismo ritmo y velocidad. Ahora sólo sabemos que le ha fallado el enganche, los frenos y no tenemos ni idea de en qué momento nos va a atropellar. Ni con qué.

Lo que duele no es ni siquiera llorar. Lo que duele es tener tantas razones para tener que hacerlo. Es esta maldita sequía de lágrimas. Es el miedo a quedarse solo y en pareja. Y esta cochina culpabilidad.
Lo que duele no es que la gente opine. Es que lo haga como quien habla del tiempo, alegremente y buscando de todo, menos ayudar. Que nos den consejos que no hemos pedido. Que inventen razones. Qué sabrán ellos. Qué sabrán. 

Lo que duele no es el dolor
Porque el dolor es esto que me viene aquí y ahora.
Lo que más duele es todo lo que vendrá

Julieta

viernes, 28 de marzo de 2014

Te la llevas

Risto Mejide

Vale, muy bien y ahora qué. Nos das la noticia, nos marcas un plazo, nos amputas cualquier esperanza y aún tendremos que darte las gracias por dejarnos algo de tiempo para despedirnos de ella. Nos dejas el tiempo justo para embalsamar tantos recuerdos que no sabemos ni por dónde empezar. El tiempo justo para no poder ni llorar.

Que sepas que no vas a llevártela tan fácilmente. Que sepas que ella piensa plantarte cara hasta el final. Aunque sea lo último que haga. Piensa aferrarse a lo que le queda de sí. Y piensa apurar toda estadística por ínfima que sea, como se apura el último sorbo en pleno desierto, como se estiran los últimos minutos antes de que vuelva a sonar el despertador.

Pero sobre todo, que sepas que no está sola. Ni ahora ni nunca. Ni antes ni después. Su dolor es el nuestro. Su lucha no se libra sólo en su organismo, sino en el ánimo de todos y cada uno de los que la queremos, la querremos y la quisimos alguna vez.

Has decidido que te la llevas y puede que al final hasta te la acabes llevando. Puede que ganes, pero jamás vas a triunfar. Porque hay cosas que nunca podrás llevarte. Nunca te llevarás su risa. Porque su risa puede contigo. Aunque al final te la lleves a ella, su risa se quedará. Tampoco puedes con su cariño. El que recibe y el que nos ha dado. Cuanto más se apaga ella, más se ilumina el hueco que deja a su alrededor. Y por supuesto, no podrás con su recuerdo. Es demasiado grande para ti. Y para cien más como tú.

Julieta


miércoles, 19 de marzo de 2014

Lo poco que sé de la vida

Risto Mejide

Lo poco que sé de la vida está en los libros que nunca leo. Lo poco que sé de la vida está en las líneas que no escribí. Lo poco que sé de la vida se cuenta tomando un café, se entiende tomando una copa y se olvida tomando dos.

Que nadie se me emocione ni albergue falsas esperanzas, porque con lo poco que sé de la vida, a duras penas se llena un corazón, por pequeño que sea.

Empiezo por lo que sé con toda seguridad. Sé que, con suerte, te vas a morir una vez. Así que procura no morirte más veces por el camino. No hay nada peor que esa gente que se va muriendo antes de morirse del todo. Para evitarlo, te regalo un método infalible: mientras tú vayas decidiendo, todo está bien. El día que dejes de decidir, ese día, cuidado, porque la habrás palmado un poco.

Ten siempre más proyectos que recuerdos, es la única forma que conozco de mantenerse joven. Olvídate de la patraña esa de ser feliz, ya te puedes dar con un canto en los dientes si llegas a ser el único dueño de tus propias expectativas.

Que un euro se ahorra, y un polvo se pierde. Para siempre. Que hay que dedicarse a algo de lo que jamás te quieras jubilar. Por mucho que te cueste pagar las facturas. Por mucho que en las reuniones de antiguos alumnos te miren mal. Es mejor dedicarse toda una vida a algo que te divierte pese a no llegar a fin de mes, que pasarte un solo día trabajando únicamente por dinero.

Entre lo poco que sé de la vida, también te diré que nada de todo esto vale la pena sin alguien que te haga ser incoherente. Ni flores, ni velas, ni luz de la luna. Ése es el verdadero romanticismo. Alguien que llegue, te empuje a hacer cosas de las que jamás te creíste capaz y que arrase de un plumazo con tus principios, tus valores, tus yo nunca, tus yo qué va.

Ojalá ames mucho y muy bueno, incluso a riesgo de ser correspondido. Que te despojen de todo, que hagan jirones de tus ganas y que te veas obligado a remendarlas con el hilo de cualquier otra ilusión. Que desees y seas deseado, que se frustren todas tus esperanzas y que acabes descubriendo que la única forma de recobrar el primer amor, que es el propio, es en brazos ajenos. Dos emociones inútiles asociadas al pasado, arrepentimiento y culpa, y una emoción inútil asociada al futuro, la preocupación. Cuanto antes te desprendas de las tres, antes empezarás a apreciar lo único que tienes.

Qué más. Ah sí. Sé que al menos un amigo te va a traicionar, otro será traicionado por ti, y que te pongas como te pongas, los que no hayas hecho antes de los 30, ya jamás pasarán de buenos conocidos. Cuenta sólo con los tres principales, porque a partir de ahí, todo es mentira.

Para terminar, y hablando del tema, déjame que te presente a tu mejor enemigo. Se llama miedo. Quédate con su cara, porque va a estar jodiéndote de ahora en adelante. Miedo al fracaso. Miedo al qué dirán. Miedo a perder lo que tienes. Miedo a conseguirlo. Miedo a saber poco de la vida. Miedo a tener la razón.

Julieta

viernes, 14 de marzo de 2014

Tira y afloja

Vivían en un tira y afloja constante. Sus vidas eran eso, estirar la cuerda hasta el punto en el que sabían que era el tope. Sabían perfectamente hasta donde podían llegar para que no se rompiese. Vivían siempre al límite, estirando hasta donde podían llegar, sabiendo de qué manera hacerlo para hacer daño sin romperla.
Estaban hechos el uno para el otro, se conocían más de lo que alguien puede conocer a una persona. Ella conocía todas y cada una de las caras que iba a poner según la situación que fuese, como reaccionaba cuando algo le daba vergüenza, incluso lo que pensaba en cada momento. Él conocía todas y cada una de sus sonrisas, sabía perfectamente cómo iba a reaccionar, con sólo mirarla sabía como se sentía.

Sabían de todo, menos quererse. No tenían termino medio, o se querían matar o mataban por quererse. Y así seguían, disfrutando los días pares y a hostias los impares. Estirando de una cuerda que pensaban que nunca se iba a romper pero que finalmente un día se rompió. Pasó un tiempo en el que estuvieron separados, echándose de menos, pero también echándole la culpa al otro. Pero los lazos que los unían eran tan fuertes, tenían una fuerza de atracción tan increíble, que no aguantaron estando así. Ambos deseaban que todo volviera, incluso que volviese lo malo para poder tener lo bueno de vuelta. 

Él pensó que esta vez era la definitiva, que después de lo que pasó esta era la oportunidad que les hacía falta para poder ser felices juntos. Ella no pensó nada. Y así empezaron, poniéndole ganas porque suerte ya no quedaba. Quizás el problema de esta relación era que él continuamente esperaba algo más de él, algo que no llegaba. Y ella se cansaba de tener que estar haciéndola feliz y sacándole sonrisas de aquella manera tan difícil.

Julieta

jueves, 13 de marzo de 2014

Querida Gin..

Querida Gin...tonic,

Es el momento de escribirte lo que nunca fui capaz de decirte, aunque sea tarde. De escribir lo que ha sucedido en una carta que no te voy a mandar, que no vas a recibir nunca. Que como tú me enseñaste en cuanto acabe de escribirla la quemaré, mis sentimientos se pondrán a arder y así el dolor... ¿como era? ¿como decías tú? ¡Ah, ya! así el dolor no se te queda tan dentro.

Esta vez sólo quiero ser claro, sería un imbécil si no gritara que me he equivocado contigo, que la he cagado pero bien desde el principio. Que he intentado avanzar sin apartar antes las cosas que lo impedían, agarrado al pasado, mirando para atrás, queriendo olvidar pero sin parar de recordar... Pf, ¡qué locura Gin! Empeñado en quedarme ahí. Me he ido de un lado y del otro sin perdonar, sin perdonarme, sin avanzar... 

¿Dónde está el secreto del futuro Gin? Puede que esté en fijarse bien y en avanzar, mirar las cosas más cerca, más, tan cerca que lo borroso se vuelve nítido, claro. ¡Claro! hay cosas que pasaron antes, ¡mucho antes! No quiero esperar milagros, sólo quiero que las cosas pasen. Y ahora lo tendría claro, pero ahora ya no depende de mi sino de ti.. 
Te quiero.





Julieta